Julián Centella (Poeta de la lunfarda porteña)

Posted on 23/06/2013

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Nota salida en La Grieta  en abril de 2005 escrita por Cacho Carucci

 

Un poeta fanático. El más empedernido de todos los de su época. El poeta más vereda y más noche del que pudo ufanarse Buenos Aires. El ser porteño no es un problema de extracción geográfica para él que no nació en Bs. As. sino un problema de “pertenencia cultural”.

El primer berrido lo lanzó en Borgotaro, Parma, Italia. Hijo de un diputado obrero y una mamma casalinga fueron quienes le copiaron el nombre del príncipe danés, ese Hamlet melancólico que vivía eternamente prisionero de Nuestra  Señora la Tristeza. El documento batía: Hamleto Bergiati. Nacionalidad italiana. El documento no decía empedernidamente porteño, huésped vitalicio de la ternura. Julián Centella desechaba el desarraigo de sí mismo para arraigarse en la ciudad con estos versos:

Un entrevero de esquinas para un asombro

la luna de papel sobre un tejado

como un ovillo que madura el gato

la noche aquella en que yo puse el hombro

a tanta soledad sin parecido

me creciste de un modo, de repente

como suceden ciertas cosas.

Me naciste, no entiendo la razón ni el misterio

cuando un tiempo de patio me sabía a su habitante

con pollera de niebla se paseaba la tarde.

 

Es ése el hábitat del porteño “paladar negro”, del porteño noche, del porteño tango “Esa raza de uno” como dice Horacio Ferrer, que tampoco nació en Buenos Aires. Sa relación biológica que establece con su ciudad. “Me naciste” dice Centella, y tiene dos sentidos, el literal, ya que no nació en Buenos Aires y la ciudad le “Nació” y le “Creció”. Y el otro, el sentido dialéctico de que no sólo los hombres nacen de la ciudad sino que la ciudad nace de sus habitantes.

 

El hombre gris

Julián Centella “El hombre gris” escribió alguien. Le colaron el apodo y le quedó. Yo te digo que no era gris sino triste, un triste que sonreía y sabía amar sin grandes aspavientos y que se pasó la vida en os obituarios de las redacciones. Periodista de raza, prosista de raza y un poeta pudoroso que ocultaba su razón de ser, su ternura de hombre amasijado por la pobreza, que les hacía creer a los amigos que su piano era una pianola, sus calandrias unos gorriones atorrantes, sus lágrimas agua y cloruro de sodio, pero nadie le creía. Las veredas de Barracas y Boedo (él decía Buedo) lo han visto regresar de madrugada con la luna al hombro.

Fue uno de los cuatro grandes que le batieron y escribieron la tristezas, alegrías, trampas y sueños de aquellos que habitaron la calle Corrientes en la década del ‘40 y ’50 junto a Scalabrini Ortiz, Edmundo Guibourg y Roberto Gil.

 

Otra poesía de Julián Centella:

 

Estás en el dolor impar del amasijo

que refundió tu cuore en alba y luna

en tus manos el fueye es una cuna

y en ella desvelado mira tu hijo

Estás en el misterio profunda de la rosa

cerrás los ojos para ver por dentro

no sé con qué carajo hacés la rosa

de barrio inaugural que vino al centro.

 

Me verdugueás ¿Sabés? Lleno de asombro

Cuando te oigo con la luna al hombro

Traer del tango elemental el eco

Con voz de pucho y copa levantada

En el boliche aquel de la cortada

Tan cordial y tan nuestro como el queco*

 

*Prostíbulo

 

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