“Fotos” un cuento de Daniel Tórtora

Posted on 19/05/2013

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FOTOS

 

Mis padres siempre fueron bastantes liberales conmigo. Yo tuve la suerte de no tener que parecerme a mis abuelos, o a ellos, o a mis hermanos. Sólo a mí.

 

Miro la foto y pienso inmediatamente en mi padre que murió hace nueve años en un hospital, en terapia intensiva, entre dos cortinas plásticas cargadas de manchas oscuras que lo separarían de otras muertes. Un médico alto y de bigote nos había anticipado, días atrás, el desenlace. Mi madre, sin embargo, buscaba en los ojos de otros médicos alguna señal de esperanza.

Su muerte no me impresionó, al menos en los primeros años. Con mi padre teníamos pocas cosas en común y, a menudo, discutíamos fuerte. Cuando se enteró que me marchaba de Buenos Aires para establecerme en San Martín de los Andes, dejó de hablarme, –según mi hermana– por el dolor que causaba mi partida en mi madre, pero yo sabía que no era eso, o al menos no era sólo eso.

Desde los cuentos que me contaba en mi niñez, antes de dormirme, hasta los sueños que callaba, el deseo profundo de vivir en la Patagonia estaban presentes en él, y era ese deseo el que yo, ahora, explotaba para lastimarlo.

Los primeros meses después de mi partida no había querido hablarme por teléfono ni escribirme, entonces mi madre hacía de intermediaria. Pero, como suele suceder, el tiempo fue lavando ese rencor y en el verano del ochenta y siete viajaron con mi hermana a pasar las fiestas y el verano.

Fueron, por lo que recuerdo, las últimas fiestas que pasamos juntos. Mi madre, árbitro eficaz para cualquier discusión, no tuvo demasiada tarea, y mi padre, librado al hechizo del entorno, dejó escapar algunos secretos que habría guardado entre sus recuerdos.

Una noche nos relató algunos episodios de su adolescencia, anécdotas que, por los gestos de mi madre, no estaban permitidas revelar. Eran esas cosas del pasado de los padres que los hijos nunca comprendemos, eso sumado a que vienen de una generación donde esconder el pasado, supongo, era mucho más fácil, hacía comprensible aquel silencio. Más tarde recordé una frase de mi madre que se pegó en mi memoria, cuando, desconfiando que yo guardaba cigarrillos en la pieza, dijo: “Los hijos esconden sus cosas en el espacio y los padres en el tiempo.”

 

Aquella noche asistí al nacimiento de una relación diferente con mi padre, más humana, en el sentido natural de la palabra, comprendí  también que el viejo agrupaba todas sus alegrías en esos pocos recuerdos y que se apoyaba en ellos para reconocerse en su memoria, se advertía que con ellos dejaba de ser nada más que padre o esposo para ser nuevamente un hombre, pero sospecho, también, que esos años tan lejanos ya le parecerían de otro.

Con mi padre no volvimos a hablar de esas cosas, aunque, desde entonces, él me trató como si tuviésemos un secreto. La noche antes de morir me guiño con dificultad un ojo a modo de despedida. Y ése, quizás, es el recuerdo que me acompaña con más nitidez.

Mi madre, en su último viaje a San Martín, en una ceremonia que le costó unas cuantas lágrimas, me regaló la caja de fotos que pertenecía a la familia. Fotos que habríamos visto no menos de veinte veces y que, sin embargo, necesité mucho tiempo hasta que por fin me atreví a mirarlas nuevamente. Y cuando lo hice no fue extraño que buscase a mi padre en ellas. Lo curioso es que las fotos que más me atrajeron son las que aparece por casualidad o descubierto en su cotidianeidad, como en la foto que ahora aprieto en la mano, donde mi hermana corre con un triciclo y él, mucho más atrás, quizás cuidando el asado, sonríe con un cigarro entre los labios.

Daniel Tórtora

*Del libro “Variaciones sobre aquellos otros años”

 

 

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