Lo que me pasó cuando leí la novela Tres espejos, de Sebastián Vargas. Por Paula Bombara

Posted on 18/05/2013

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Antes de comenzar, quiero contarles que conozco a Sebastián Vargas desde hace años. Nos cruzamos varias veces en la editorial SM cuando yo iba a hacer algún trámite por mi novela La rosa de los vientos, publicada en 2007, y él era editor allí. Por una gran amiga que tenemos en común, sabía que él escribía ficción además de editar; pero hasta que no publicó su estupenda novela Vikingos en la Tierra Verde, en coautoría con Patricio Killian (SM, 2011), no había conocido su escritura y no sabía cuánto me iba a gustar.

También tengo que contarles que desde siempre disfruto muchísimo las novelas de aventuras. En la casa de mis abuelos tenía a mi alcance una vieja colección de libros amarillos y textos adaptados para que fueran “aptos” para los niños (y las niñas). Me refiero a la colección Robin Hood, por supuesto. Mi preferido era, ¡cómo no!, Los tigres de la Malasia de Emilio Salgari.

En la entrega del premio El Barco de Vapor 2012 a la novela doble Tres espejos. Luna y Trtres espejses espejos. Espada, Cecilia Repetti —gerenta de LIJ de la editorial— mencionó este clásico de aventuras, entre otros; y solo por esa mención, y por el gratísimo recuerdo que había dejado en mi memoria la anterior novela de Vargas, yo ya tenía decidido que leería esta obra apenas la tuviera en mis manos.

Tuve suerte porque al día siguiente a ese evento (en el cual me obsequiaron las novelas) yo tenía que realizar un viaje: un vuelo en avión hacia San Martín de los Andes, es decir, un par de horas en blanco para llenar de lectura. Apenas llegué al aeropuerto, hice el check in, saqué uno de los libros de la cartera, me detuve a apreciar la ilustración de tapa de Poly Bernatene —otro colega al que admiro muchísimo—, abrí la portada de Tres espejos. Luna y la olí. Un momento después, comencé a leer y, como lanzada desde un trampolín, me sumergí en la antigua China, donde encontré las vidas de Yue Chang y Jian Deyán, dos jóvenes enamorados que se ven forzados a separarse, y se buscan durante años y años sin dejar, a su vez, de vivir nuevas experiencias, unas tras otras.

Hago un alto aquí y pienso. Podría contarles un poquito de qué se tratan estas vidas, hacer una síntesis argumental, darles datos acerca de los personajes, pero creo que eso le quitaría magia al encuentro que ustedes puedan tener con los libros. Así que elijo contarles qué me pasó a mí con lo que leí, al integrar a mí la experiencia del relato.

Sebastián fue muy inteligente al dividir la historia en dos libros y darnos a los lectores la opción de leer en el orden que queramos. El jurado del concurso y la dirección editorial de SM también lo fueron, al respetar la forma de la novela. La forma, en esta historia, tiene su peso, es importante.

Podemos comenzar por cualquiera de los dos libros, podemos leer solo uno de ellos, y también podemos leer los capítulos de modo intercalado. Yo elegí comenzar por Luna y terminar con Espada. Pero luego no pude evitar ponerme a jugar y leer capítulos alternados, sobre todo en algunas partes de los viajes de vida de los personajes, donde se arma una especie de pin-ball literario, de juego de ecos y resonancias. Me generaba mucha curiosidad leer las voces intercaladas, tanto como cuando las había leído por separado. Era como ser testigo de una conversación en la que se recordaban hechos vividos en paralelo. ¿Qué estabas haciendo cuando llegué a la ciudad?, ¿y cuando tuve mi primer trabajo, o cuando me echaron de ese lugar?, ¿y cuando me dejé arrastrar por las olas, qué hacías, dónde estabas, pensabtre espejos 2as en mí? No siempre nos atrevemos a formular estas preguntas; a veces suelen quedar dentro de nosotros, con el rostro de alguien querido en la memoria, atado a ellas. De eso se trata esta novela también, de darnos toda la información, pero a la vez, de que nos sintamos desgarrados por la ausencia del otro.

Sobre esas ausencias trabaja Sebastián en uno de los hilos de su trama. Reflexiona —y me hizo pensar, también— sobre cómo, aun en ausencia, mucho de lo que hacemos tiene que ver con alguien más y con el recuerdo de su presencia. Con ese alguien que nos da el mejor reflejo de nosotros mismos, con esa mirada-espejo en la cual nos vemos sin impostaciones, tal cual somos. La ausencia y la búsqueda interior de cada personaje van embraveciéndose y tomando diferentes matices y texturas a lo largo de ambos libros, tienen intensidades que calarán de modo diferente en cada lector, en cada lectora, no importa la edad que tengan.

Y lo logra por un intenso trabajo con el lenguaje, que se paladea, disfruta y agradece; Tres espejos hace que el género de aventuras en el que puede inscribirse se vea revitalizado y excelentemente representado en la LIJ de la Argentina. Y este modo de escribir, pensando en formas y en contenidos, en matices y en texturas, este compromiso con la literatura de calidad, es el responsable de que la magia del relato funcione.

En las horas de vuelo leí Luna. En mis ratos libres en San Martín de los Andes, leí Espada. Desde el hotel le escribí a Sebastián un mail apenas terminé porque, tal como me había pasado con Vikingos en la Tierra Verde, me volvió a pasar con Tres espejos. Si: quise ser consejera del emperador, quise ser pirata, quise vivir esta historia con todos sus ingredientes, quise ser Yue, quise ser Jian, y también quise ser cada personaje secundario, quise que siguiera cada una de las historias que se dejan abiertas porque todos son exquisitamente humanos y, por eso, entrañables. Y tenía que agradecerle al autor esa misma madrugada semejante travesía. Le agradezco públicamente por aquí también. Sebastián, un GRACIAS enorme por el gran laburo que seguramente fue escribir esta historia. Una lectora que ya es tu fan te lo agradece.

Paula Bombara (mayo, 2013)

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