NICOLÁS PRIVIDERA: CINE, CRÍTICA Y POLÍTICA

Posted on 14/05/2013

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En ocasión del estreno de su película “Tierra de los padres”, en Con los ojos abiertos, el crítico y director de cine Nicolás Prividera había polemizado con los críticos que la habían atacado. El método elegido, ejemplar en más de un sentido, fue el de criticar la crítica con las armas del crítico más que las del realizador. Cinco críticas (escritas por cuatro críticos de cine) fueron diseccionadas por Prividera no tanto para defender su película (“Tierra de los padres” se defiende sola, como toda película que sea buen cine) sino, y he aquí lo importante de su polémica, para poner en evidencia ciertos mecanismos de la crítica, mecanismos que se exponen de manera más alarmante cuando lo ideológico y lo político entra en juego. En síntesis: la polémica de Prividera sirvió para abrir un debate en torno a la manera de hacer crítica de cine y para hablar de Política.

En los comentarios, muchos lo atacaron acusándolo de ególatra, poniendo en duda su capacidad para llevar a cabo esa polémica debido a que era su película el blanco de tales críticas. Otros lo atacaron por suponerlo pro-K, como si ese motivo bastara y como si tal “acusación” fuese cierta. Muy pocos se tomaron el trabajo de analizar lo que había escrito y de corroborar, leyendo o releyendo las críticas a las que Prividera respondía, la precisión de sus argumentos.

Quienes hayan visto “M”, la opera prima de Prividera, estarán al tanto de su biografía y de la marca de la historia y la política en ella. Y si bien toda película es política, y si ya “M” era una obra que proponía un debate político, es “Tierra de los padres” la película que merece recibir la verdadera etiqueta de “cine político”.

Por lo general se tilda de “cine político” a aquel cine que sería más preciso definir como “de manifestación política”, “de militancia” o “de propaganda”. Peor aún, muchas veces se llama “cine político” a celuloide filmado o video grabado que poco o nada tiene que ver con el cine y cuya importancia reside más en su expresión ideológica, en su utilidad partidaria y social o como documento de época.

La auténtica cualidad de “cine político” de “Tierra de los padres” es que la película propone, con una rigurosa puesta en escena, un debate desde la pantalla acerca de las ideas políticas de la historia argentina, sin hacer una “bajada de línea” unívoca. La incomodidad que produce la película de Prividera surge de la inutilidad a los fines de cualquier fanatismo o esquematismo partidario: el debate no está cerrado, tal vez no lo esté nunca, y todos los muertos de nuestra historia, incluso aquellos cuyas voces y discursos desconocemos, tienen algo que decirnos al respecto. Por todo esto, “Tierra de los padres” no es una película sobre una política argentina sino sobre la política nacional y sobre las distintas lecturas desde las que se hace necesario releer nuestra historia.

Durante el último BAFICI, Prividera volvió a polemizar con los críticos. En esta ocasión, a partir de la proyección de “El Olimpo vacío” dentro de ese festival. Otra vez el aluvión de comentarios estuvo por debajo del nivel de la carta abierta escrita por Prividera. Pero, tal vez por tratarse del cuerpo principal del sitio Otroscines, al que accede un mayor número de gente amparada en el anonimato, se repitió en mayor escala la descalificación sin otro argumento más que el partidario.

Confieso que no vi “El Olimpo vacío”, que no tengo ganas de verla y que, en caso de que llegue a San Martín de los Andes, haré todo lo que esté a mi alcance para eludir la obligación de hacerlo. Como siempre con Nicolás Prividera, su “carta” contra la película es valiosa más allá del objeto de estudio porque define por dónde debería pasar la crítica. Creo haber repetido en una decena de escritos la definición de Benjamin: “La crítica busca el contenido de verdad de una obra de arte”; sospecho que Prividera persigue eso mismo en sus escritos, acuerde o disiente con él, total o parcialmente, en muchas ocasiones.

Pero me parece que ante algo titulado “El Olimpo vacío”, algo que tiene como figura central a Sebreli El Mentiroso, como bien supo definirlo Carlos Correa en “La manía argentina”, algo que todas las “críticas”, incluso las elogiosas, aíslan de ese otro algo que llamamos cine (ninguna de las reseñas a favor puede indicar algún elemento mínimo de puesta en escena y los textos que la atacaron señalan la ausencia de un lenguaje cinematográfico), su justificada indignación y su análisis terminan siendo reutilizados por aquellos que se sienten complacidos por la imposibilidad de pensar sino binariamente.

Creo que ante algo así, a menos que se trate de una proeza cinematográfica peligrosa como “The Act Of Killing” y nadie se haya dado cuenta de ello, es necesario dejar la excusa cinematográfica (a fin de cuentas, insisto, tanto por los elogios como por los ataques, “El Olimpo vacío” no parece ser otra cosa más que eso) y decir que nada puede decirse acerca de una sucesión de imágenes y sonidos a la que se le dio tal título y que persigue imponer a Sebreli como un “intelectual lúcido”.

Ya el mero título es una declaración ideológica aborrecible. Ante su lectura, más allá de la superficial alusión a la “desmitificación” de los “mitos” (Eliade se revuelve en su tumba) populares que persiguen Sebreli y la “película”, cualquier cinéfilo que no sepa de qué se trata va a establecer un lazo entre este producto y “Garage Olimpo”. Y por todo lo que leí creo que se trata de un link premeditado, con todo lo execrable que resulte eso.

Y acerca de Sebreli: siempre están sus escritos para ponerlo en ridículo. Bastaría la muestra-botón del artículo de Julián Aubrit que Roger Koza subió a Con los ojos abiertos, pero cualquier otro texto suyo parece haber sido escrito para ser abofeteado*. Curiosamente, Marcelo Panozzo, de seguro por error, en un tweet que menciona Prividera en uno de los comentarios a su carta, definió su estilo con certeza: “La cantidad de medias verdades y falsedades es enorme. Pero es divertido así”. Es divertido precisamente en el sentido de desviar, de distraer (de lo esencial, por supuesto), de llevar por varios lados para no detenerse en ninguno; divierte, además, en su acepción militar: dirigir la atención del enemigo a otra o a otras partes, para dividir y debilitar sus fuerzas (y ya sabemos quién es el enemigo para Sebreli). Deberíamos recordarle a Panozzo el poema-proverbio de Machado (“¿Dijiste media verdad? / Dirán que mientes dos veces / si dices la otra mitad”) y también que ese método ha sido el preferido de todos los totalitarismos de la historia porque es el más eficaz para confundir al lego, que no es necesariamente “Doña Rosa” sino, mucho peor, esa legión de semiletrados que responden al canon de la moda cultural diseñado por los mismos tenderos y mercachifles que mandaron a Willard a cobrarle la cuenta a Kurtz y que se suponen librepensadores civilizados.

Pero más allá de “El Olimpo vacío”, quisiera reflexionar acerca de los comentarios a la carta de Prividera. La gran mayoría de los comentaristas no tiene la más mínima intención de razonar, de discutir, de intercambiar o aportar ideas. Son precisamente los que acusan al director/crítico de narcisista o ególatra los que escriben por puro ombliguismo, solo para ver cómo sus respuestas impresas atenúan los brillos de sus monitores, pero sin leer, sin reflexionar, sin argumentar en contra siquiera.

Tal vez no debiera sorprenderme: la imposibilidad de trascender la binomia pro-K/anti-K, ambas posturas in toto, se ha vuelto el punto de partida de cualquier comentario banal ante el estreno de cualquier película argentina, lo cual tal vez sería útil si eso fuera puntapié inicial para una discusión sobre política (y, dado que se trata de un sitio sobre cine, si se discutiera sobre cine), pero todo siempre se reduce a (y se diluye en) un pobre intercambio de titulares. Cuando Prividera propone hablar en serio de política, los comentaristas creen (o prefieren creerlo, porque es muy cómodo) que propone el mismo juego que leen o escuchan en los medios, tanto de Clarin y Nación y TN como de CN23 y otros.

Resulta llamativo, al menos para mí, de qué manera su segunda película, “Tierra de los padres”, dejó a la intemperie los desenmascarados rictus de muchas personas que, leídos sus textos a la distancia (temporal y espacial), no sospechaba. De vez en cuando tropiezo con artículos de Noriega en La Nación Online, con tweets de críticos que conozco, con textos como el de Schell que menciona Prividera, entre otros … y paso del estupor a algo que se parece bastante a una depresión y de allí a la irritación. Y entonces pienso: ante semejante confusión entre doxa y episteme, es imposible el intercambio de ideas porque para que exista ese intercambio deberían existir, precisamente, ideas y no eslóganes consumidos y asimilados como comida chatarra. De allí que el comentario de Mariano Llinás en respuesta y adhesión al texto de Prividera me sorprendió de buen modo: por sus filiaciones cinematográficas, cuando leí su nombre temí lo peor; grato fue descubrir que me equivocaba. Felicidad doble, ya que creo que “Tierra de los padres” e “Historias extraordinarias”, aun aparentando estar una en las antípodas de la otra, son las únicas películas argentinas verdaderamente audaces y originales del último lustro, tal vez de la última década.

Ahora bien: entiendo la necesidad (personal, ética, política) del texto de Prividera, pero es un texto que, a falta de interlocutores dispuestos a discutir en ese nivel, termina jugándole en contra: ahora habrá más gente que quiera ver la película y que, al salir del cine, “divertidos” por el grado de confusión producido por la enorme cantidad de “medias verdades y falsedades” a las que se sometieron como espectadores, imprima sus irresponsables grafitis cibernéticos en Otroscines sin siquiera haber meditado acerca de lo que Prividera expone**.

Porque el problema radica en que todavía exista gente que haga esa película y un séquito dispuesto a elogiarla con obsecuencia.

Marcelo Gobbo

 

* También puede comprobarse su visión política (o “antipolítica”) en el libro de diálogos con Orfilia Polemann, “Las señales de la memoria”, en especial en los dos últimos capítulos. Y, por supuesto, está “La manía argentina”, del ya mencionado Carlos Correa, para de demoler sus “ideas” o, sencillamente, denostarlo.

** Otro debate, en este caso de mucha menor importancia que aquel sobre la historia, que no terminará nunca: el de cómo deberían ser los comentarios en los sitios web. Por un lado, es una manera democrática de que cada cual exprese lo que quiera; en muchas ocasiones, esos comentarios disparan nuevos argumentos, dan con nuevos datos y enriquecen el texto original. Por el otro, a menudo el anonimato o las falsas identidades son utilizados para escribir la mayor de las patrañas o para vociferar sin argumento alguno, total quien va a darse cuenta de que fui yo el que escribió esta burrada, empobreciendo la discusión general. A veces, la desorbitada proliferación de comentarios espanta a algunos lectores y potenciales comentadores; otras, la ausencia de comentarios supondría que el texto no le interesa a nadie; y otras veces, algún dato valioso se pierde en la copiosa discusión, aun cuando esta esté a la altura, o supere, al texto original que se comenta. Sobre esto último, recuerdo el caso del debate generado por lo escrito por Roger Koza a partir de Grand Torino, en el anterior formato de Con los ojos abiertos: ningún comentarista acuso recibo del comentario (muy mal escrito, por cierto) de augustoaag acerca del significado de la medalla sobre (contra) la que muchos habían escrito.

Prividera diría que lo importante es que se discuta, más allá de la manera en que se manejen esos comentarios. Es probable que, otra vez, tenga razón.

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