“Glifosato” Un cuento del “Rafa” Urretabizkaya

Posted on 04/01/2013

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Sentado al borde del amanecer, el tipo se ceba un mate mientras mira crecer la mala nueva.

Trae la yeta pegada en cada mueca y lo hace con un orgullo casual e inmerecido. Es la viva imagen de un cristo arrepentido de andar movilizando tamaño despelote.

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No saber es parecido a ser impune, pero es distinto que inocente.

Agita las manos como papando moscas, aunque es el aire otra vez lo que empieza a irritarle las mucosas. Se coloca el pañuelo en la boca y estornuda monedas cansadas.

El patrón se anuncia gritando su condición al final de la huella. Dice que es el patrón desde el triple plateado de su nuevo vehículo, cruza de camioneta con jet y elefante. Sin apearse le dice al tipo que necesita más y que más rápido. Espera que este baje los bidones de la caja, y se toma la atención de decirle chau con dos palmadas en la espalda.

Patrón se aleja con la gracia de un ovni en sentido contrario del viento.

El viento, justamente, le trae al piloto un olor de la infancia. Un olor que al mismo tiempo lo afloja en sonrisa y lo pone en alerta. Olor que le aprieta las bolas y le acariña la cabeza. Llega en el mismo olor la sal de un tiro perdido y el desmayado tono de un pedido de clemencia.

Lo siente.

Siente pero no alcanza a descular bien de que se trata.

No saber, a veces, es parecido a ser impune pero distinto que inocente.

Vacía los bidones en el tanque del avión y sale a arar el cielo de la soja.

Verde intenso, barrios, verde intenso, barrios, verde intenso, escuela, verde intenso, ríos.

No es tan difícil embocar aire en el aire, piensa el tipo, justo en el instante que en un patio de tierra tres pibes detienen su juego para tirarle a la avioneta gomerazos y saludos admirados.

Los saludos porque es lindo volar, los gomerazos porque hace rato que por la zona no se ve ni un solo pajarito.

 

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