“Presagio”: un cuento de la escritora María Olga Martínez

Posted on 11/11/2012

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PRESAGIO

 

Cortó leña. La apiló contra la pared del cobertizo, a pocos metros de la casa. Miró hacia arriba, dubitativo. Observó detenidamente el cielo y el horizonte que parecían una misma cosa…

Nada se movía. No se escuchaba ruido alguno. El tiempo parecía haberse detenido en ese instante. Una bruma blanquecina y densa comenzaba a expandirse a su alrededor.

De pronto una bandada de cachañas parlanchinas rompió el silencio absoluto volando hacia el norte a escasos metros de altura. Mientras que algunos tordos aparecían  entre la bruma y se amontonaban en el suelo húmedo cercano a la puerta de entrada de la vivienda, chillando y picoteando la tierra.

El hombre se acercó a la entrada cargando algunos leños. Sus pasos espantaron a las oscuras aves que se perdieron entre la niebla. Todo volvió a ser silencio.

Entró a la cabaña y se dirigió al hogar. Encendió el fuego. Se quedó mirando cómo miles de chispitas rojo amarillentas saltaban desde el centro de la chimenea hasta fundirse con el verde oscuro del piso de piedra. Rápidamente el lugar se calentó. Luego, se lavó las manos, la cara y se sentó a la mesa junto a su esposa… No mediaron palabras. Ella le sirvió un plato de la humeante sopa de pollo y verdura. Siguieron sin hablar. El silencio no sólo estaba  fuera de la cabaña. En el interior de la  casa  era más profundo. De pronto ella dijo:- Algo va a suceder, lo presiento.

-Nada raro-respondió el hombre y siguió tomando  la sopa.

-¿Sentís el silencio? ¡Es mala señal!- replicó ella un poco angustiada.

-¡Todavía no te acostumbrás, mujer!- gritó él- Sólo nevará.

-Se viene algo malo- agregó ella susurrando.

Inmediatamente por la ventana del comedor vieron pequeños copos de color blancuzco que pegaban contra el vidrio y chocaban entre ellos opacando la luz del farol.

-Te lo dije, es nieve- aseveró el hombre con un tono de reproche.

La mujer se levantó, abrió la puerta, tomó un puñado de lo que precipitaba y se lo mostró.

-Mi  presagio se cumplió. Esto nos matará las ovejas. ¿Qué es?- Agregó ella.

El hombre frotó la muestra entre sus dedos y comprobó la textura áspera y pesada. Su cara se transformó. Sintió que su trabajo de criancero se había perdido, que el esfuerzo de tantos  años  se esfumaba. Sin dudarlo más tomó su campera y una linterna… y salió de la casa.

El viento huracanado había empezado a soplar arrastrando toneladas de cenizas del volcán que había erupcionado.

-¿A dónde vas?- preguntó  ella. Y como  saliendo de un túnel escuchó el eco de la respuesta de su marido:- Trataré de juntar el rebaño y entrarlo al galpón antes  de que la ceniza lo entierre vivo.

Y así fue que se marchó, perdiéndose entre la espesa precipitación de silicio que cubría la región.

La ceniza siguió cayendo menos abundante pero persistente.

La mujer se instaló frente al frío  cristal de la ventana día y noche, mirando el horizonte ondulado y confuso, esperando una pronta señal de vida.

Pasaron días, semanas, meses…pero él y las ovejas nunca regresaron.

María Olga Martínez

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