EL JARDÍN DE BRONCE, de Gustavo Malajovich

Posted on 31/10/2012

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La primera novela de Malajovich mezcla drama y policial negro con un magistral dominio de la trama y una capacidad sorprendente para hacer funcionar el dispositivo justo en el párrafo adecuado.

 

Por Marcelo Gobbo

 http://www.patalibro.com.ar/fichaLibro?bookId=172640

Dado el notable éxito que la novela criminal sueca ha conseguido en la última década, de la mano de autores como Henning Mankell, Stieg Larsson o Camilla Läckberg, entre otros, uno no puede menos que aplaudir que un autor argentino siquiera intente competir en esas aguas y, al mismo tiempo, busque diferenciarse de sus colegas nacionales al reformular la figura del detective como punto de vista casi exclusivo de la narración.

Pero si más allá de ese gesto inicial, ese autor logra una novela como “El jardín de bronce”, el mérito aumenta exponencialmente, tanto por sus cualidades específicamente literarias como por la reformulación de los códigos de la novela negra y su acertado engarce en la actualidad argentina.

La novela de Gustavo Malajovich toma como punto de partida la desaparición de Moira, hija única del matrimonio formado por Lila y Fabián Danubio. La nena de cuatro años “se esfuma” junto a su niñera y de inmediato interviene la policía; pero la investigación se estanca hasta que la aparición de Doberti, un detective privado que se ocupa de seguimientos para divorcios, pone en marcha una nueva línea de investigación.

Desde el comienzo, la angustia, el humor y el nerviosismo convivirán con el lector a lo largo de más de quinientas páginas, provocándole ansiedad, tristeza, alegría, desconcierto, asombro y carcajadas (intencionadas) mientras transita por una trama que raciona sus no pocas sorpresas con milimétrica precisión, guardándose para las últimas páginas algunas nada pequeñas. Malajovich sabe cómo y cuándo sorprender, emocionar, aligerar, poner pausa y sembrar la duda.

Hasta aquí, lo que digo podría aplicarse a cualquier novela, policial o no, bien escrita. Pero lo que hace que “El jardín de bronce” sea excepcional supera con creces lo escrito más arriba y es lo que superficialmente intentaré explicarles de aquí en adelante.

Por empezar, la creación de Fabián Danubio como desplazamiento de la figura clásica del detective. Porque es sobre sus hombros y desde su cabeza y ojos que vivimos el noventa por ciento de la novela (no revelaré aquí a quien le deja Malajovich el otro diez por ciento). No es esa otra genial creación del investigador Doberti la que cargue sobre sus espaldas el peso de la investigación. De allí el subtítulo de “El jardín de bronce”: “Fabián Danubio, rastreador, caso Nº1”, ya que Fabián, el padre que pierde su Moira en el inicio de una larga cadena de pérdidas, deberá sobreponerse al golpe, enfrentarse a la corrupción policial y a una temible pero fascinante galería de criminales, para convertirse en el rastreador de su hija, en una busca que lo hará deambular durante diez laberínticos años y miles de kilómetros mientras hace lo posible por no ser apresado en la siniestra telaraña de la elaborada, apasionante trama, donde cada elemento tiene su razón de ser.

Este desplazamiento lleva consigo una reformulación de todos los códigos, todas las reglas del policial en su vertiente negra, y no solo por tratarse de una versión muy argentina de la misma. Para no revelarle ningún enigma central al futuro lector de la novela, solamente diré que más allá de la corrupción o ineficiencia policial, problemática habitual en esa vertiente, están casi todos los otros tópicos, inteligentemente reelaborados para, de tal modo, desprenderlos del clisé y mantenerlos en las sombras hasta que sea el momento de salir a la luz para anunciarnos su transmutación, incluido uno muy puntual y muy característico que aguarda para revelarse como una bofetada (tanto para el lector como para su protagonista) en el tramo final y que demuestra el alto grado de pericia del autor.

Más allá de esta reformulación del género, pero sin abandonar del todo esa línea, hay que agradecerle a Malajovich el cuidado con que elaboró el periplo dramático del personaje y su historia. El libro está dividido en cinco “fases”: en la primera predomina el drama, y son varios los pasajes en que el lector deberá dejar de leer para secarse los ojos humedecidos, en especial si el lector es padre de alguna criatura; es recién a partir de la segunda fase, con la aparición de Doberti, personaje que pelea párrafo a párrafo con Fabián por instalarse en nuestra memoria para siempre, que la trama acepta discurrir por los senderos del policial negro más clásico; y en las últimas dos fases, el drama, el policial y cierto tono alucinado, sobre el que no puedo explayarme sin quitarle sorpresa a la historia, conviven en delicado equilibrio hasta que el inusitado (pero necesario, justo y perfecto) anticlímax, en lo que a la trama policial se refiere, de los últimos capítulos instala el suspenso dentro del terreno del drama.

Pero hay más, mucho más. Por ejemplo, la construcción de varios personajes memorables, algunos de los cuales viven en pocas páginas. O el atreverse a recurrir al humor en determinadas situaciones. O la creciente dosis de argentinidad a medida que avanzan las páginas, como para dejar en claro su distancia de la moda sueca. O la estudiada ubicación de las elipsis. O la manera en que Malajovich desliza subrepticiamente su crítica del arte, además de una veintena de reflexiones acerca de temas actuales y cotidianos. O su disimulada intertextualidad. O el modo en que los nombres de los personajes remiten a una lectura simbólico-mítica para quien quiera elaborar una hipótesis más allá del andamiaje policial. O la rica descripción de algunos pasajes, donde se ponen en evidencia las dos profesiones con las que su autor se ha ganado la vida hasta ahora: la de arquitecto y la de guionista.

Quiero destacar algo sobre esto último: “El jardín de bronce” fue escrita por uno de los guionistas de “Los simuladores”, también co-guionista de esa bella película llamada “Encarnación”, pero es evidente que esta novela le dará muchos dolores de cabeza a quien quiera adaptarla al cine (con especial dificultad en todo su último tramo). Con esto quiero decir que es una novela absolutamente literaria en su sentido más puro, más allá de que existan referencias cinematográficas que, entre otros detalles, delatan el paso de Malajovich por las veredas de Ángel Faretta. Es una novela que está pensada y creada desde y para la literatura. Y para el lector, por supuesto, ya que está claro que Malajovich escribió su novela para que fuera leída por la mayor cantidad de lectores posibles.

No en vano le ha llevado tres años a su autor el hilado de esta trama. Después de leerla, al repensarla o releerla, el lector descubre cuán minucioso fue Malajovich para ocultar tal hilo, asomar tal otro, ajustar tal o cual clavija, de manera que todo esté allí desde el vamos pero sin darnos cuenta de ello. De allí que una segunda lectura nos sorprenda tanto como la primera.

Más sorprendente aun es que esta sea la primera novela de Gustavo Malajovich. Y ese también es un mérito adicional porque no se le nota.

¿Qué puede decirse en contra de “El jardín de bronce”, además de señalar con el dedo a la persona que se ocupa de las correcciones en Plaza & Janés por un par de descuidos, y al diseño de tapa de la editorial por esforzarse tanto en venderla como un best-seller? Solo que la figura de Ernesto Danubio prometía más peso que el que acaba teniendo (aunque funcione a la perfección en lo simbólico y como elemento de balance) pero tal vez esto se solucione en la siguiente novela.

Porque si así de buena es esta primera novela, en cualquier momento se va la segunda. Seguro.

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