Se viene el libro de Marcelo Gobbo: “Contra la Fatiga del Arte”. Escribe Mariela Fernández Díaz.

Posted on 24/08/2012

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A finales de la década del noventa, en “La hojita”, un sitio de internet que Gobbo había inventado, en la introducción al número especial dedicado a Murena aparecía esta frase de Nabokov: “El buen lector, el lector mayor es un lector activo y creativo, un lector que relee.”

Tras años de encuentros y desencuentros, hace unos meses recibí un correo electrónico con su libro y, hace unas horas, una invitación a dejar mi jubilación de lado y escribir algo sobre “Contra la fatiga del arte” para un blog de la ciudad donde ahora vive Marcelo. Acepté por dos motivos, porque el libro me gustó y porque lo escribió él.

Lo primero que puedo decir sobre el libro es que esa cita de Nabokov es la clave, una palabra que a Marcelo le encanta, de su manera de pensar, porque para él todas las creaciones están hechas para releerse o volver a ser vistas u oídas o si no ser olvidadas. Literariamente, se nota que la mayor parte de las notas tienen, por lo menos, dos o tres años de antigüedad. Digo esto porque su último libro, que es lo mejor que leí en los últimos tiempos, es superior como literatura, aunque el ensayo sobre Piglia y otras cuatro, cinco notas, incluida la que le da el nombre al libro, que había leído con otro título en una revista hace mucho tiempo atrás, están escritas con el mismo nivel. Pero en todas las notas hay más ideas, más descubrimientos y más capacidad de enseñar que en cientos y cientos de notas y ensayos que leí en los últimos diez años.

La cercanía con Ángel Faretta es evidente pero, a diferencia del maestro, el discípulo tiene más en cuenta al lector. En lugar de usar una sintaxis críptica que sirva para cursos explicativos mediante un pago en efectivo, Marcelo es generoso a la hora de aclarar ideas y soltar sugerencias. También a la hora de aconsejar lecturas y pedir que se tomen sus intuiciones como punto de partida. Imagino que espera de sus lectores esa rapidez y naturalidad que él tiene para captar las cosas en general, como por ósmosis. Lo bueno de tenerlo por escrito es que una no tiene que repreguntar y que puede googlear y pedir en la librería o el videoclub más cercano que me consigan un libro o una película sobre los que Marcelo escribió. Conozco cinco personas que viven fuera de San Martín de los Andes, dos en el hemisferio norte, que usan los correos de difusión de sus ciclos como guías para ver películas. También conozco al menos a otras tres que siguen su programa de radio por internet para enterarse de qué músicas tienen que escuchar o volver a escuchar y sé de muchas más que le hacen consultas sobre literatura. Lo hermoso de este libro es que mucho de todo eso está ahí para el que quiera leerlo, sin pomposidad y con humor o, como él diría, con amabilidad.

Supongo que Marcelo me pidió que escribiera sobre el libro para recomendarles algo a los lectores, así que voy a usar el índice para cumplir esa misión.

El ensayo sobre Piglia es excelente. No es casualidad que una universidad lo haya publicado en el extranjero como texto de estudio y que se lo haya citado en papers y estudios académicos en otros países.

“Tradición y vanguardia” es, además de pedagógico, polémico, algo que siempre es sano para el pensamiento.

Me gustaría saber qué publicó Faretta hace poco sobre “Más allá del olvido” para poder leer la nota de Marcelo sobre Hugo del Carril y Hugo Santiago comparativamente. Así y todo, el artículo por sí mismo entusiasma al lector para llevarlo a ver algo de esos directores.

La nota sobre Manuel Romero es buena pero mejora con la lectura de la siguiente, uno de los mejores artículos del libro, el que habla sobre Niní Marshall. La nota sobre su querida Niní tiene un montón de observaciones que no leí en ninguna otra parte y es también un repaso sobre los cambios en el cine clásico nacional vinculado al contexto histórico.

En el de “La comedia como espejo” Marcelo admite públicamente su deuda con su maestro y está bien que eso pase. Trata de imitar el estilo oral del Faretta de la década del ochenta y sale entero del brete.

Las tres notas que siguen son guías para ver películas y sirven para notar de qué manera Gobbo se despega de Faretta en su apreciación sobre cineastas sobre los que su maestro ya había escrito. En cambio, en la que versa sobre al cine y la censura, Gobbo se anima a mostrar su costado más revelador y nos invita a rever algunos clásicos bajo el ala de sus descubrimientos. Lo mismo pasa en las tres notas siguientes, agudas y abarcativas, donde mezcla cine y literatura.

En los artículos sobre Isherwood y los escritores irlandeses vuelve a las notitas exclusivas sobre literatura. Tienen mucho de guía de lectura, más alguna que otra curiosidad y el costado más pedagógico, que no siempre es el mejor, de Marcelo.

Después viene un dúo dedicado a la televisión. La segunda nota es muchísimo más rica que la primera, repleta de observaciones para seguir cortando tela, en este caso, seda fina y carísima.

El de los diarios de escritores es un artículo jugoso, ideal para tomar nota y medirse con una misma.

Para terminar, antes de los apéndices, dos de las mejores notas del libro. “Apuntes para un regreso”  es la manera que tiene Marcelo de poner el cuerpo en un tema abstracto. Y “La fatiga del arte” es polémico, ilustrativo, esclarecedor y muestra el tipo de asociaciones con que trabaja la cabeza de Marcelo.

Pero lo que más me asombró del libro está en los apéndices.

Las dos notas sobre las exposiciones de Viviana Errecalde me dieron ganas de conocer más sus pinturas. Las pocas imágenes suyas que encontré en Google me sirvieron para saber que la mirada de Gobbo no desvaría.

Las cortas anotaciones del cineclub son de lo mejor del libro. Es hermoso como Marcelo, después de desparramar lucidez sobre trece películas, con su comentario sobre “Il Posto” confiesa que siempre hay algo de capricho en eso que se estudia con amor.

Y el cierre es como un ars poetica de todo el libro: minucioso, obsesivo, “intertextual”, como le gusta decir a él, integrador, plural, con mucho Mitry leído. Un ejemplo de lo que debería ser un estudio sobre cualquier obra.

Quiero destacar algo del prólogo. El prologuista (Adrián Szmukler), si no estoy errada, iba a llevar al cine una novela inédita de Marcelo pero es también un excelente ensayista. Hace un tiempo Marcelo me mandó unos links para leer sus ensayos en un sitio de internet llamado Grupo Kane.

La vinculación entre lo que escribió André Bazin y la forma en que Marcelo aprecia el arte es más que justa. También cuando hace entender que “la impresión más inmediata que nos deja la lectura de sus ensayos es que su propia escritura debió ser en primer lugar un modo de habitar más y mejor las obras que recorre”. El libro de Marcelo invita a compartir el placer de esa experiencia, escrito con vehemencia por una mente despierta, con la humildad de alguien que comparte sus descubrimientos pero también sus interrogantes y con esa simpatía que me despiertan todos los apasionados que quieren contagiarme su pasión.

Recomiendo la lectura de este libro a los que aman la cultura y el arte en cualquiera de sus expresiones. También a los curiosos de todo el mundo y a los espíritus inquietos que disfrutan encontrando vínculos entre las expresiones culturales, la filosofía, la política, la historia y el psicoanálisis. Y en especial, quisiera agregar que debería ser un libro de lectura obligatoria para los jóvenes y para las personas que creen que para no embrutecerse ni embrutecer a otros hace falta algo más que estar al día con las noticias o tener lo último en tecnología.

No puedo saber si el libro logra el cometido que se propone en la introducción porque siempre estuve convencida de que no hay divisiones entre lo culto y lo popular en lo que se refiere al conocimiento. Pero puedo decir que “Contra la fatiga del arte” es un libro que pide y amerita más de una relectura y eso, estoy segura, es lo que Marcelo buscó al publicarlo.

Mariela Fernández Díaz

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