Pedro Orgambide (1929-2003) Por Guillermo Saccomanno

Posted on 04/08/2012

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No había género en que Orgambide no se midiera. Del cuento a la novela,  desde el ensayo hasta el teatro, el suyo es uno de esos trayectos que apuntan  más que a la construcción de una pieza en particular, al proyecto totalizador  de eso que se da en llamar obra. Se ha dicho que Orgambide escribía, al menos, tres libros por año, entre los que predominaba, fija, la ficción.

Esta actitud prolífica le valió, en ocasiones, la acusación de un cierto  desaliño estilístico basado en su escritura compulsiva y aluvional. Si se  analiza su producción más reciente, peleada contra los años y el cáncer  que lo arrinconó en el último tiempo, se comprobará que esta observación  proviene, como ocurre tan a menudo, del divorcio que existe entre la actitud de los creadores y la crítica. Orgambide, en su práctica, como modelo autoral, corresponde a una generación que, en su urgencia por cambiar el mundo –volverlo más justo, más solidario, más inventivo–, no vacilaba en abordar toda manifestación artística confiando, además de su potencial expresivo, en su capacidad para  reflejar las contradicciones sociales, contrapunteando la historia íntima con la colectiva.

Debo admitirlo: al escribir un obituario, la prosa tiende, bajo el imperio de la emoción, a una retórica encendida, entre la bajada de línea crispada y el póstumo ajuste de cuentas.

Nada más distante, este gesto, de la visión de Orgambide, de los postulados  de su literatura. Sus bajadas de línea y sus ajustes estuvieron, están,  siempre filtrados por un humor reflexivo. Si algo lo definía eran sus actitudes de porteñazo observador, siempre más próximo a la ironía que al resentimiento.

La persecución, el exilio, en lugar de enquistarlo, lo volvieron no sólo  más inspirado sino también más agudo en la percepción de mezquindades y  vilezas, contrastándolas con heroísmos secretos, lo que se traduce en su literatura, memoria y balance de nuestra historia como epopeya violenta  y, a la vez, como fatalidad. Los premios y reconocimientos que recibió,  lejos de engrupirlo, le calentaron el motor.

Entre sus ficciones más recientes hay una que resume todas sus obsesiones: Buenos Aires, la novela. Como en sus ensayos biográficos (el de Quiroga, el de Martínez Estrada) y en sus novelas históricas (la de Alem, la de Ugarte, la de Rodríguez, el médico de Bolívar) surge nítida una preocupación constante por descifrar, como en una saga de aventuras, las encrucijadas sangrientas de la historia nacional.

En Buenos Aires, la novela, la historia pertenece al dominio de los seres  anónimos que, con pena y sin gloria, de alguna manera, participaron en los  acontecimientos más sonados. Buenos Aires, la novela es además una apuesta estilística donde Orgambide buscó una entonación narrativa, el contrapunto entre la payada y el tango, entre la crónica y lo sainetesco, entre lo culto y lo popular. Como antes en Historias fantásticas de la Argentina, se apartó del facilismo de la novela histórica persiguiendo una alquimia de voces.

En sus textos, Orgambide proyectaba una idea de Martínez Estrada: “Lo que Sarmiento vio es que la civilización y barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema en equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que dentro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muertos”.

 

En El escriba, una de sus novelas clave, Orgambide se enfrenta al fantasma

de Arlt. Conrado Nalé Roxlo le cuenta al narrador una novela que el autor de Los siete locos tenía planeada. Iba a llamarse

El ladrón en la selva de ladrillos y tendría como protagonista a Botana,

el director de Crítica. Transcribo un fragmento del capítulo “El camaleón

literario”, donde Nalé le habla a un joven Orgambide:

 

Entrevista del canal Aleph   (1998)  “Por esos días, Georgie acuñó una manera de decir que todos, también usted, han imitado con vergüenza o fervor. Sospecho que en algunos textos, él mismo se imita. Nadie puede escribir como él, después de él, la biografía imaginaria del incendiario de la biblioteca de Alejandría. Nadie, sospecho, puede transformar en literatura  una simple película de gangsters. Un consejo: cuando escriba acerca de Georgie, no caiga en la tentación de imitarlo. Cuídese. Y tampoco oiga a los detractores, que afirman sin el menor pudor que si hubieran leído la Enciclopedia Británica también escribirían como él. Trate de hacer una crónica y de novelar esa crónica, que no es poco. Y, si puede, escriba de manera periodística, justo al revés de lo que se hace ahora, que los periodistas escriben como literatos.

Cuente los hechos y deje que el lector saque sus conclusiones”.

Que el portavoz de esta arte poética sea Nalé, el escritor de “A la manera de…”, un hábil parodiante de cuanto estilo literario se le antojara, no es casual. Orgambide, con su virtuosismo, no vaciló, cuando un relato se lo imponía, en apelar a la parodia. (Al respecto, es propicio recordar que, según Leonidas Lamborghini, la parodia es nuestra tragedia.)

El fragmento de “El escriba” expone con transparencia una lección que Orgambide hizo propia y que no descartaba los riesgos de la política. En el pasaje que va de la izquierda al peronismo revolucionario, Orgambide buscó superar el antagonismo Borges/Arlt. Contra lo que pueda afirmarse sobre su facilidad y su oficio –marcas de la redacción publicitaria, del cine, del periodismo–, Orgambide, en su ambicioso proyecto de contar la Argentina como Comedia Humana, tuvo en claro, de modo notable, que su trabajo específico consistía en narrar y que su materia era el lenguaje. Sus destellos no fueron pocos.

Ahí están sus libros. Como ocurre con Borges y Arlt, sus obras completas, innumerables y dispersas, están al alcance en las mesas de saldos, en las librerías de usados. Formidable justicia poética para el escritor veterano que murió, a los setenta y tres años, el domingo 19 de enero, a las once de la mañana, mientras se afeitaba.

 

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