La angustia corroe el alma” Este domingo a las 20:15 continúa el ciclo EUROTRIP en la Sala Günther Blaas del Centro Cultural Cotesma

Posted on 22/05/2012

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Con la proyección del melodrama “La angustia corroe el alma”, otra de las obras maestras que supo crear el director alemán Rainer Werner Fassbinder.

Sobre la película:

El punto de partida argumental de esta película, que es una relectura de Lo que el cielo nos da, de Douglas Sirk, puede hallarse resumido en Filmaffinity de este modo: En un café al que acuden los trabajadores inmigrantes, Emmi Kurowski, una viuda de unos sesenta años, conoce a Salem, un marroquí treintañero. Inducido por la dueña del bar, Salem invita a Emmi a bailar, hablan, la acompaña a casa y, al día siguiente, se queda a vivir con ella. Esta relación provoca un gran escándalo, y las vecinas visitan al propietario del edificio para denunciar a Emmi.

En el mismo sitio web, el crítico Daniel Andreas escribió: “Buf, Fassbinder. Un poco pasado, ¿no? O sea, estaba bien en su época, por lo del rollo gay y la crítica al pasado nazi en Alemania y todo eso, ¿no? Pero ahora, no sé, como que es carne de Filmoteca, ¿no? Todo tan teatral y tan melodramático, tan exagerado, ¿no? (…)” En fin: así están las cosas. Y, sin embargo, quien se atreva a revisitar joyas como “Todos nos llamamos Alí” (título con el que se estrenó en España) -pésima traducción del magnífico “Miedo comer alma” original- se encontrará con el sentido último del cine: retratar sin concesiones nuestros miedos, nuestros sueños, nuestras miserias y nuestros compromisos con eso tan extraño que se llama realidad. Brutalmente sincera y enternecedora. Parafraseando a otro genio heterodoxo, Aki Kaurismäki, “hay más ideas en una secuencia de Fassbinder que en toda la filmografía de uno de esos modernos gafapasta.

Fassbinder dirigió casi cuarenta películas en solo trece años, además de dos

miniseries. Muchas de esas creaciones fueron y siguen siendo consideradas obras maestras. Murió cuando recién había cumplido treinta y siete años.

A partir de este film, en el sitio web Vagabundeo resplandeciente, bajo el título ¿Quién dijo que la felicidad es divertida?, su hacedor escribió lo siguiente: Curioso trueque el de los alemanes, tan estupendos ellos, cuando durante la década del sesenta del siglo pasado hicieron correr el vocablo Gastarbeiter (“trabajador invitado”) para reemplazar Fremdarbeiter (“trabajador extranjero”), más acorde con los hábitos nacionalsocialistas que a la lavada de cara del dizque Wirtschaftswunder: la hijaputez  se afeita el bigote. De la cisura entre una palabra y otra, de ese hueco esponjoso donde conviven  la xenofobia lisa y llana y el refrendo de cualquier discriminación para el progreso de la economía, habla Angst essen Seele auf (“La angustia corroe el alma”, título más revelador y bonito que el simplón “Todos nos llamamos Alí”), una de las mejores películas -según he leído- de Reiner Werner Fassbinder, sobre un tópico de Douglas Sirk: el de la mujer madura enamorada de un joven fornido (en All that Heaven Allows, Rock Hudson es apenas un jardinero), al que le añade, a la diferencia de edad y de clase, el contraste racial, realizando además un estudio de las clases populares, todavía apoltronadas en los fundamentos del nazismo, y una brillante reflexión sobre la extranjería, admitida siempre y cuando se consagre a aquellos trabajos que los nativos no quieren hacer (a la protagonista, por caso, no le agrada sobremanera decir que se dedica a la limpieza de oficinas, porque tal empleo no está bien considerado entre sus vecinos, la gente como ella, que admiró a Hitler en su juventud) y no exijan condiciones habitacionales decorosas.

En Angst essen Seele auf subyace una paradoja que contribuye -más allá de otros méritos intrínsecos del filme- a elevarla a la siempre dudosa categoría de masterpiece: Fassbinder convierte a su obra en una suerte de manifiesto que demuele para siempre los ideales románticos de la posmodernidad, y simultáneamente ofrece una reflexión alentadora en torno al amor.

Condenada a la viudez y a un trabajo vergonzante, Emmi (aunque acabo de descubrirla, no creo equivocarme al afirmar que se trata de una interpretación consagratoria de Brigitte Mira) conoce a un inmigrante marroquí del que se enamora, a pesar de que bien podría ser su hijo. Él trabaja en un taller mecánico, apenas sobrevive, hacinado, bebiendo y apostando como únicos paliativos contra una existencia gris (tan gris como plomizos son los colores que invaden cada plano del film: todo es desangelado, monótono y triste en esa ciudad alemana que retrata Fassbinder con lucidez apabullante). La escena en que se conocen, casualidad mediante, una tarde lluviosa, cuando Emmi halla refugio en el bar que frecuenta Alí, resulta conmovedora y alucinante al mismo tiempo.

El melodrama sigue su curso: ambos están demasiado solos, empiezan a quererse y terminan por contraer matrimonio, en contra de los prejuicios raciales del resto del mundo, que los observa, los denuncia, los insulta (vale recordar que el fantasma de la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich, cual 11-S pretérito, estaba más latente que nunca en la conciencia colectiva alemana). Otra escena magistral se desarrolla cuando Emmi reúne a sus hijos para anunciarles que se ha casado, presentando al musculoso Alí: Fassbinder (que, como actor, compone a un yerno holgazán, machista e intolerante al que debemos prestarle mucha atención) realiza un travelling antológico, conteniéndose en el primer plano de cada uno de los incrédulos e indignados rostros al recibir la “buena nueva”. Sin necesidad de palabras, tan sólo contemplando el desprecio acumulado en incontables gestos faciales, esos hijos nos dicen más sobre el quid de la xenofobia que varios tomos ensayísticos.

 

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