El huevo en la sopa (Âlvaro Yunque)

Posted on 01/05/2012

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Un regalo para el día de Trabajador

EL HUEVO EN LA SOPA

Quien estudia las miserias de los niños,
y estudiándolas no las suaviza, es indigno de llamarse hombre.

DICKENS

Al volver del colegio, donde cursaba el segundo año, Damián Balbi preparaba el puchero de la noche para cuando el padre volviese del trabajo. Desde los nueve años cocinaba para su padre. Ya hacía cinco años que Damián pelaba papas y rebanaba repollo, antes de hundirse en los libros a estudiar sus lecciones.

Vivía solo con el padre, un hombrote alto y rubio, manso y serio, por quien sentía algo que era más que cariño. Madre no conoció nunca. Damián se crió junto a aquel hombre tan serio y tan callado, y se acostumbró a ser callado y serio él también. Tenía catorce años y reflexionaba como un hombre que reflexiona. Su padre, capataz de albañiles, se levantaba muy temprano y salía. No regresaba hasta la noche, hambriento y cansado. Hablaba poco, siempre algo referente a los estudios de Damián, que constituían la obsesión, la alegría y el orgullo del padre; después se acostaba. El muchacho era el primero en levantarse, para preparar el café con leche. Hasta que él tuvo nueve años, el desayuno y la comida los preparó el padre. Una noche, cuando éste regresó del trabajo, hallase con el puchero en el fuego y el niño espumándolo, con toda gravedad. Damián, como excusándose, dijo:
– Hice el puchero, papá. Te lo voy a hacer todos los días. Así cuando vos llegás, te ponés a comer… ¿Cómo venís tan cansado! El hombre se conmovió. Puso una manaza en la cabecita rubia de su hijo y le pronosticó:
– ¡Vos vas a ser algo en la vida!
– ¿Yo, papá?
– Sí
– ¿Por qué?
– ¿Por qué? No sé por qué lo digo; pero me parece, me parece que vos no sos un chico igual que todos. Por eso quiero que estudies… Yo, cuando tenía quince años, soñaba con ser un Leonardo de Vinci. Después me tuve que conformar con ser albañil. ¿Pero quién me dice que vos no llegues a ser lo que yo no pude ser?…

* * *

Esa tarde, al regresar del colegio, Damián halló a su padre en el cuarto. Dormía. Lo acompañaba un albañil. Este le explicó:
– Se sintió mal, grandes dolores en la espalda y en el pecho. Hubo que llamar a la Asistencia Pública… Ahora se ha dormido. Damián quedó azorado. Le parecía imposible que su padre pudiera enfermar. Despertó quejándose desgarradoramente y el muchacho fue a buscar a un médico. Este ordenó que se le trasladase a un hospital, era preciso operarlo; habló de una úlcera en el estómago, de cálculos al hígado. Lo operaron a la mañana siguiente. Murió antes del mediodía.

Damián se encontró como si le hubieran arrancado los dos brazos y las dos piernas. Se desangraba en un dolor sin llantos, viril, terrible. Su tío José, hermano menor del padre, albañil también, un hombre grandote y manso como él, se ocupó de todo. Al volver del cementerio, hablaron:
– Bueno, Damián, ahora te venís a vivir conmigo. Mi mujer será como una madre para vos. Mi muchachito será tu hermano. Yo te haré de padre. Quiero que sigas estudiando…
– ¿Y no sería mejor que yo trabajase?…
-¡No! – gritó el hombrazo, y dio una patada en el suelo.
– Usted es muy pobre – arguyó Damián
-. Sólo tiene su jornal de albañil.
– Algo tengo ahorrado, poco, no alcanza a trescientos pesos. De ahí iremos sacando para pagar matrículas y libros. Después, cuando entres en la Facultad, ¡después veremos! Tu padre hizo mucho por mí, yo tengo que pagárselo en alguna forma. ¡No se hable más! ¡Vamos a casa! La tía era una mujer flaca, muy nerviosa. El primo tenía doce años, un chiquillo enfermizo y descolorido que recibió alborozado la llegada de aquel muchachote serio, en el que presentía un apoyo. Solemnemente, el tío presentó a Damián, como si fuese la primera vez que lo vieran:
– Corina, aquí tenés otro hijo. Nuestro hijo mayor
-. Y empujó a Damián, demasiado conmovido, no vio nada en ella. El hombre, pleno de su simplicidad candorosa, tampoco. Sixto sentía un júbilo intenso: le regalaban aquel hermanote alto, fuerte; y el chiquillo arrimábase a él, riéndole, apoyando en él su timidez de niño débil.

Por la noche, Damián oyó una conversación que no esperaba oír. La única pieza les servía de comedor y dormitorio. La dividieron en dos por medio de una cortina. La parte más pequeña para dormitorio de los chicos; la otra, más grande, para el de los tíos y comedor. Los muebles eran lo bastante escasos para permitir estas proezas. Damián, boca arriba, con los ojos hundidos en la oscuridad, se había quedado pensando en el padre. Del otro lado de la cortina, la mujer cuchicheaba. Oyó:
– Damián, ¿te has dormido?

Sin saber porqué, quizás para que no lo interrumpiera en sus queridas reflexiones, no respondió. Y ella, creyéndole dormido, habó en voz más alta. Reprochábale al hombre que hubiese traído otra boca al hogar.
– Es el hijo de mi hermano – respondió él.
– Pero todo lo que le des al hijo de tu hermano – insistía la mujer – se lo quitás a tu propio hijo. ¿Por qué te has empeñado en que estudie?
– Porque mi hermano lo quería.
– ¡Tu hermano! – exclamó ella, coléricamente
-. Tu hermano podía hacer sacrificios por él. ¡Era su hijo! Vos no sos más que el tío., y vos tenés un hijo. Vos no tenés obligaciones con tu sobrino, sino con tu hijo. ¡Si él estudia, tu hijo tendrá que ser albañil como vos!
– Damián es muy inteligente – dijo el hombre, como necesitando argumentos que le dieran la razón
-. Nuestro Sixto, en cambio, es torpe. ¡No le entran las letras, tiene el mate duro! Ya lo ves, hace cinco años que va al colegio, y todavía está en segundo grado. Aunque lo quisiéramos hacer estudiar, no podríamos. Es un cabeza dura. ¡Sale a mí! ¡Damián sale a su padre! ¡Era muy inteligente! El pobre quería estudiar. Ya había comenzado, cuando murieron nuestros padres. El quedó de padre mío y de dos hermanas. Tuvo que tirar los libros y ponerse a trabajar. Se vino a América, se sacrificó por nosotros. Como él no pudo estudiar, quiso que yo estudiara. ¡Fue inútil! A mi no me entraban las letras. Me pasaba lo que a Sixto. ¡Somos dos cabezas duras! ¡Qué vamos a hacer! Es una desgracia. Se nace con la cabeza dura, como se nace rengo o jorobado. Querer que una cabeza dura como Sixto sea ingeniero o doctor, es como querer que un jorobado o un rengo sean luchadores. ¿No es así?

La mujer refunfuñó algo incomprensible para Damián. El tío prosiguió:
– Mi hermano quería que su hijo fuese arquitecto. ¡Yo tengo que pagarle en alguna forma a mi hermano, que se sacrificó por mí! Yo trabajaré para que su hijo estudie, para que sea arquitecto, como él quería. ¿No te parece justo? ¡A mí me parece razonable! Si yo le debiera algo al almacenero, vos serías la primera que hallarías justo y razonable que se lo pagara. ¿No es así? ¡Sí! ¿Pues, yo le debo algo a mi hermano: se lo pago, pues!
– Pero tu hermano está muerto…
– arguyó aun la mujer, no convencida.
– ¡Está muerto! ¡Bonita razón para no pagar las deudas! Si el almacenero se muriese, yo le pagaría a la viuda. ¿Mi hermano murió? ¡Yo le pago al hijo!
– Sí, pero sacándole al tuyo – insistió ella
-. Vas a gastar en los estudios de tu sobrino los ahorros que necesitarás para tu hijo. El hombre se encolerizó:
– ¡Es inútil, es inútil! – gritó
– ¡Vos no vas a entender nunca estas cosas! ¡Y no porque seas cabeza dura! ¡Vos tenés duro el corazón! Estas cosas no se entienden con la cabeza… ¡Basta! Y apagó la luz para dormirse. Ella seguía refunfuñando, sin que Damián pudiese oír lo que decía.Tardó mucho en poder tranquilizarse. Las reflexiones hervían en su imaginación, hasta pensó levantarse y decirle al tío que lo llevara al trabajo, que él no estudiaba más. Se contuvo. Por fin se durmió. A la mañana siguiente, tomando el café, Damián dijo:
– Anoche soñé con papá.
– ¿Sí? ¿Qué soñaste? – preguntó el tío.
– Soñé que me decía: Damián, dejá los estudios. Vos debés trabajar… Así, tío, que he pensado…
– ¿Qué? – preguntó el hombre
-. ¿Qué has pensado?
– He pensado que debo dejar de estudiar…
– ¡Nunca! – gritó él, y dio un puñetazo en la mesa
-. ¡Nunca! – volvió a gritar y a dar otro puñetazo más fuerte. Damián aún tuvo ánimo de decir:
– Ya ve, el mismo papá me lo dice…
– Te lo dice en sueños. Eso significa que debés seguir estudiando. Los sueños siempre se interpretan al revés. Si soñás con entierros, vivirás muchos años. Si soñás con ratones, ganarás mucha plata. ¿No es así, Corina? – preguntó a la mujer, buscando su apoyo. No lo halló. Esta dijo:
– No siempre es así…
– ¡No importa! – gritó él
– ¡No importa! Vos debés seguir estudiando… ¡Y basta! Se puso de pie y, sorbiendo el café apresuradamente, salió para el trabajo. La actitud del chico no consiguió disminuir el rencor de la mujer. Había comenzado ella una guerra sorda, de mezquindades, en la que desahogaba, como por gotas, el odio que la poseía. Damián no se daba por enterado. Ya, mientras él estudiaba en un rincón de la pieza, la mujer, planchaba cantando; Damián se cubría con ambas manos las orejas, y procuraba no oír. Ya por la noche, una vez acostados, llegaba ella en puntillas, le sacaba la frazada y la extendía sobre su hijo; Damián se quedaba quieto, como si durmiese. Ya en la mesa, al servir, ponía en su plato la carme más dura; Damián tenía demasiada hambre; con masticar más fuerte…¿Para qué hablar? El tío no veía nada. Como el padre, siempre le hablaba de sus estudios y, dichoso, oía contar algo de historia o le preguntaba cómo se decía esto o aquello en francés. Durante el almuerzo, cuando el hombre se hallaba en el trabajo, ella ponía los dos platos de sopa, uno para cada muchacho; pero en el hijo echaba una yema de huevo.

La primera vez que lo hizo se encontró con la mirada seria de Damián. Se turbó. Necesitó explicarse:
– El está débil. El necesita más que vos. Damián comprendió la bajeza de aquella alma. La vio en sus ojos pequeños, relampagueantes, gozosos y temerosos a la vez. Sintió que un sollozo le subía a la garganta y se la apretaba. El había llegado allí necesitado de amor, ¿por qué esta mujer le hacía una guerra así? Se encogió de hombros, hundiose la cuchara llena y, con la sopa, se tragó el sollozo. Entonces pudo decir, mintiendo:
– ¡A mí no me gusta el huevo en la sopa!

* * *

Los dos niños se amaban. Esto desesperaba a la mujer. Quería separarlos. Hubiese encontrado en su enemistad un pretexto para combatir a Damián; pero el pequeñito, enclenque, se sentía feliz junto al otro, tan grande. Más que todas las sinrazones de la mujer, que no dejaba de hablarle en contra de Damián, podían en Sixto los actos del otro, que le enseñaba las lecciones y lo iba a buscar a la salida de clase, cuando alguno lo había amenazado. Aquel muchacho alto y serio, de cabello rubio y ojos celestes, que cerraba el puño, y su puño era grande como el de un hombre y qué, como un hombre, calzaba cuarenta, infundía respeto al chiquillo. Y además, este gigantón fuerte, capaz de levantarlo a él y llevarlo una cuadra sin fatigarse, era su primo, vivía en su pieza y se le había ofrecido para defenderlo. El chiquillo no podía oír las sinrazones de la madre, que, en vano, intentaba introducir el rencor de su corazón en el del hijo. Ella lo aleccionaba, a solas. Era inútil. Sixto gozaba contando después a Damián todo lo que la madre le había dicho. Al confidenciarse, sentía la satisfacción de pagarle en alguna forma sus inapreciables servicios de muchacho fuerte.
– Damián, hoy mamá, otra vez, me estuvo hablando mal de vos.
– ¿Sí? ¿Qué te dijo?
– Me dijo que por tu culpa yo iba a ser albañil, que papá se estaba gastando todos los ahorros en tus estudios, que yo no debía quererte, que vos eras mi enemigo… ¡No, mamá, le dije yo, Damián no es mi enemigo! El me defiende, me enseña las lecciones, me lleva al río, me acompaña al cine… Yo no le hago caso a mamá. Ella qué sabe, ¿verdad?
– No sé qué decirte. Vos dirás. Si vos crees que yo soy tu enemigo, no te juntes más…
– ¡No, Damián!, yo creo que sos mi amigo! – y el chiquilín se acercó a él, mirándolo de abajo a arriba como si mirase una torre. Damián le puso una mano protectora sobre el hombro y lo atrajo hacia sí:
– ¡Vos sos mi hermanito! Tu papá y el mío se querían mucho, nosotros también nos tenemos que querer.
-¡Sí, Damián! Qué importa lo que mamá diga! Todo lo que mamá diga yo te lo repetiré, así ves que no le hago caso. ¡Qué mala es mamá!
– Yo no sé si tu madre es mala; pero es tu madre.

Los niños se unieron más. La mujer sentía aumentar el odio en su corazón. Antes, ella colaboraba eficazmente para economizar. Ahora, desde que los ahorros del marido estaban amenazados por los estudios de Damián, no se preocupaba. Y charloteaba con los vecinos, comentando:
– No he de privarme yo de lo que necesite para que el señor sobrino estudie. Su guerra era oblicua. Nunca se atrevió a enfrentarse con aquel muchacho que parecía un hombre, no sólo por la estatura. Cierta vez lo hizo. Porque había regresado tarde para almorzar, comenzó gruñendo y acabó gritándolo. Damián no respondió. Se conformó con mirarla muy serio. Y en su mirada había tal reproche, que ella se sintió vencida. No se defendió. El, como hubiese hecho otro niño, no se justificó. Y esto la extrañó tanto a ella, que arrepintiese de su ataque. El comía en silencio la comida fría. Ella remendaba medias, temerosa, dijo:
– A ver si luego vas a contarle a José que no te calenté la sopa…
– ¿Yo? – respondió el muchacho
-. ¿Yo? ¡Usted a mí no me conoce! Lo afirmó con tal seguridad, que la mujer, a hurtadillas, lo miraba de vez en cuando, sorprendida. No se explicaba a aquel casi hombre que ahora hablaba de griegos y romanos y cinco minutos más tarde saltaba en un pie, jugando a la rayuela en el patio. Tres días duró la impresión. Por tres días se comportó maternalmente con él. Hasta le echó un huevo en la sopa, igual que a su hijo. Damián gustó el cambio. No dijo nada, aunque se alegraba, porque a pesar de su exterior serio, era afectuoso, necesitaba amar y que lo amasen. Comió la sopa con el huevo, olvidado de que había mentido diciendo que no le gustaba. Esta demostración de cariño lo conmovía. Pero la tregua duró poco; la mujer volvió a su guerrilla de pequeñeces, y un almuerzo, por fin, le sirvió la sopa sin huevo. Se explicó, sin embargo:
– Hay que hacer economía, por eso no te echo el huevo en la sopa. Y como él está más débil – señaló al hijo. Después de una pausa, agregó, más bajo: – Hay que hacer economía, tus estudios son muy costosos.

* * *

Llegó la tragedia. Una tarde, al llegar a su casa a la vuelta del colegio, halló un tumulto de gente y vigilantes en la puerta. Varios chiquillos, mujeres, también algún hombre, se apresuraron a contarle la desgracia: José, su tío, se había caído del andamio. Lo acababan de traer, muerto. Damián corrió a la pieza. La tía daba alaridos. Sixto, al verle, corrió a abrazarse a él. Damián quedó en silencio, contemplando el cuerpo inerte del tío, de espaldas sobre el lecho. Sintió el peso de la fatalidad en sus hombros de niño; pero no se dobló a llorar. Mudo y torvo, limitose a apretar fuerte contra él al huerfanito que sollozaba. ¡Ahora sí que lo sentía su hermano!

En el velorio, casi a la madrugada, la tía y Damián hablaron. Estaban solos. Los concurrentes ya se habían ido. Sixto dormía. Damián no quiso acostarse. Le parecía que era un deber quedarse toda la noche velando al tío. Ela lloraba entre lamentaciones:
– ¡Ahora sí nos quedamos en la calle! Yo tendré que ir al taller de nuevo, Sixto también… Vos… ¡No sé qué harás vos!… Damián se le acercó y dijo:
– Sixto debe seguir yendo a la escuela. Yo iré a trabajar. Ya lo hablé al constructor de la obra donde tío trabajaba. Me tomó de peón. Yo aprenderá pronto el oficio. Dentro de un mes seré medio oficial. ¡Estoy seguro! Sixto no debe ir al taller. Usted cobrará el seguro por accidente de trabajo. Después veremos… La tía se irguió y, abrazándose a él, lo besó rabiosamente en ambas mejillas. Habló, gritó más bien:
– ¡Hijo, sos mi hijo, quiero que seas mi hijo!…
– ¿Qué hace, tía? – preguntó Damián, asombrado. La mujer había caído a sus pies y gritaba, de rodillas:
– ¡Perdoname, hijo, perdoname! ¡Yo he sido mala con vos, pero perdoname! Damián, conmovido hasta el estrangulamiento, sonreía para disimular. Y dijo:
– ¡Levántese, vamos, déjese de macanas, tía! ¡Vamos, quién se acuerda de esas pavaditas! ¡Levántese! La levantó y la besó en la frente. Al otro día por la tarde, después del entierro, Damián comenzó a desempeñar sus funciones de peón de albañil. Volvió cansado y hambriento, como había visto volver a su padre y a su tío. La mujer puso dos platos de sopa, uno frente a cada muchacho. Después partió un huevo y lo echó en el plato de Damián. Este lo cambió por el de Sixto. Y explicó a la tía: El está débil. El lo necesita más que yo.

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