Don Aníbal, un pichín de tierra y Pinochet

Publicado en 01/02/2012

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Don Aníbal tiene un tambor en el centro de la pieza que alguna vez llenó doscientos litros de algo y que ahora junta calor para él. Por eso está contento con el tambor que lo abriga y le calienta también la pava, la patrona, la olla, la mucha familia que arranca con él mismo y se queda por ahora, con la beba en el cajoncito, la beba que ríe aprobando los beneficios del tambor.

Antes la cocina económica decía basta todo el día y humeaba hasta hacerlos llorar a cambio de una tibieza cagona que no podía siquiera con la sopita clarita. Ahora no. Ahora es otra cosa.

Don Aníbal tiene un saludo de dos besos por lado que ofrece como un premio apoyando las dos veces su carretilla filosa de herramienta maltratada contra la cara de uno que apenas si puede decir que tiene frío. Mandíbulas secas sostienen los dos besos que da como premios, y eso son.

Don Aníbal tiene un huerto que se esmera en mostrar cada vez aunque poco sea lo que cambie. Esos pinos raros que le regalaron en la estancia, el manzano viejo y después estos “que no se lo que son”. Les trajo desde aquel faldeo un hilo de agua en un canalito que jineteó a pala porque “así va a quedar algo para los nuevos”. Porque él es viejo, “nacido y criado en este pichín de tierra que antes … no tenía nada.”

Son varios los nuevos adentro de la ruca y varios también los renuevos de manzano, pino y “no sé qué”, que se animan al viento, al suelo suelto de este pedazo de la Cordillera de los Andes que después del “malón huinca” nadie vino a discutirle. Renuevos que prueban y prueban verdear hasta que una siesta o una noche o una emergencia o un olvido conviden al descuido y las siete chivas propias, o las nueve del vecino pasen adelante y se almuercen los brotes tan a punto y las frutas que ya nunca serán ni de ellas ni de la familia de Aníbal, y de un mastique se muera sin nacer la sombra del verano que ya nunca. O capaz la nieve alta les baje el alambre un día de hambre como suele pasar, y la tranquerita no se las aguante para dar cuentas de afueras y de adentros.

Don Aníbal tiene un plan trabajar y por $150 hace a pala los caminos que Vialidad a máquina no. Junto a sus vecinos  formaron una cuadrilla con capataz y todo, que no cuadra, porque son agricultores y ganaderos trabajando de lo que no son para poder comer y no ser, resultado esperado de un gobierno que necesita clientes.

Curioso es lo que tiene Don Aníbal…

Su gente llegó a esta tierra hace más de 10.000 años y se entendió con ella durante 9.870. Después llegó el soldado financiado por el estanciero que reclamó los dividendos de la inversión y obtuvo. Hoy el estanciero es el dueño legal aunque Don Aníbal sea el legítimo.

Algunas estancias vecinas mantienen los nombres que les dieron sus dueños originales: por ejemplo Mamuil Malal, Palituhé.

Hace unos años me dijo Doña Carolina Millapi, una vecina de Don Aníbal en Huilqui Menuco: “Palituhé se llama sí porque ahí en esa pampa se juntaban los paisanos nuestros para practicar para la guerra, se entrenaban con el palín porque se venía el malón huinca. A palicar se juntaban, en esa pampa hermosa, verde toda el año y parejita.”

Durante muchos años he pasado ante esa “pampa hermosa” y la pregunta siempre salta: ¿por qué tendrá Don Anibal que vivir en un piedrero?, ¿cuánto más que un arbolito despeinado de tanto luchar contra el viento de abajo, le dejaría a Marta Graciela y a todos sus nietitos se viviera en un lugar como este?

Hoy escucho en las noticias que la familia Pinochet Hiriart es acorralada por el mundo a causa de sus evasiones  fiscales. (Sería mejor que los acorralaran por genocidas pero que sea por plata no es extraño. Esto demuestra que cada vez que ellos decían patria o bandera, solo hablaban de negocios.)

En particular les cuestionan sus inversiones en el extranjero y ocurre que la estancia Palithué, la de la “pampa hermosa donde se juntaban a palicar porque se venía el malón huinca”, pertenece a la familia Hiriart. Fue del hermano (ya fallecido) de la esposa de Pinochet, hoy de sus hijos.

En esa “Pampa hermosa”, se podrían hacer canchas de palín y de fútbol, las postergadas y prometidas escuelas secundarias rurales, emprendimientos agrícola ganaderos. De  todo, les puedo asegurar, entra en esa pampa.

Para que crezcan Adolfito, Malena, Lucas, Augusto,  Rosalino, Leo, Víctor, Quino, Lionel, Ceferino, Pachana, Mechi, Don Aníbal… por nombrar algunos.

Rafael Urretabizkaya


[1] Palín o chueca: juego imperecedero de los mapuche, en el que los participantes ponen a prueba no solo su fuerza, también su habilidad, condiciones para la lucha, estrategia y astucia.

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